Nota del autor

Apuesto que Anacarsis el príncipe escita, aunque era un bien nacido, usaba zurrón. Lo llevaría en su viaje a Grecia y en la jornada en el bosque donde su hermano, sin duda una mala bestia, lo mató de un flechazo con el potente arco que usaban los escitas.

Anacarsis viajó por la Grecia de Solon, escribió sobre guerras, trató a hombres formidables e ilustres de Atenas. Cuando retornó a Escitia quiso sembrar un poco de civilización helena, pero chocó con la barbarie. ¡Cuidado con los hermanos envidiosos, mendaces, envenenados por su inferioridad y la avaricia, porque de un modo u otro todos son fratricidas¡

Anacarsis era sabio; abstinente, frugal y moralista; filósofo, escritor, poeta e inventor. Decía hace veintisiete siglos cosas que aún están en vigor como que los mercados sirven para que los hombres se engañen mutuamente; que las leyes son meras telarañas, que atrapan como insectos a los débiles y los poderosos rompen cuando quieren; o que los hombres sabios discuten los problemas, pero las necios son los que deciden. Exactamente.

Dedico este blog a Anacarsis el greco-escita, a la figura literaria que forma parte del nombre del primer libro con el que comencé mi biblioteca [«Viaje del joven Anacarsis a Grecia», en una edición francesa de 1844], y a Anacarsis Cloots, un germano-holandés galófilo, «don Quijote del género humano», al decir de Víctor Hugo; protomártir del nihilismo, promotor de una república de ateos; jacobino, panfletista, adversario de Robespierre y «enemigo personal» declarado de Jesucristo. Fue guillotinado el 4 de germinal del año II (23 de marzo de 1794).


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